Autos electricos, Magnific
Autos electricos | Foto: Magnific

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Las cuentas del coche eléctrico podrían volver a moverse a su favor a escala global. Un análisis de la consultora Wood Mackenzie sostiene que tres factores están convergiendo al mismo tiempo y que esa combinación puede acelerar la adopción de estos vehículos mucho más de lo previsto.

El primero es la inestabilidad en el suministro mundial de petróleo. El segundo, unos combustibles que se mantienen caros para el consumidor. Y el tercero, una mejora tecnológica que abarata los eléctricos y hace que cargarlos sea cada vez más práctico.

La suma de esos elementos afecta directamente al bolsillo del conductor. Si llenar el depósito cuesta más mientras comprar y usar un eléctrico resulta más sencillo, la comparación entre una tecnología y otra puede inclinarse mucho más rápido de lo que muchos esperan.

Tres escenarios sobre la mesa

Según los cálculos de Wood Mackenzie, los vehículos eléctricos representan hoy cerca del 4% de la flota mundial de turismos y vehículos comerciales. En su escenario base, esa cifra llegaría al 25% en 2040.

Sin embargo, el informe también plantea un escenario llamado Electric Shock, en el que analiza qué tendría que pasar para que esa expansión sea considerablemente mayor. Y ahí es donde entran en juego los tres factores que pueden actuar simultáneamente.

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China avanza en tres frentes a la vez

Una de las claves está en lo que ocurre en China. El país está impulsando a la vez la carga ultrarrápida, las baterías LFP y la tecnología de sodio-ion. No son caminos que persigan exactamente lo mismo, pero todos ayudan a eliminar barreras para el comprador.

La carga ultrarrápida ataca uno de los inconvenientes más evidentes frente a la gasolina: el tiempo de espera para recuperar autonomía. Las baterías LFP reducen costes y la dependencia de materiales como el níquel y el cobalto. Y las baterías de sodio abren la puerta a usar materiales más abundantes y depender menos del litio.

No todo avanza al mismo ritmo. Wood Mackenzie recuerda que la plataforma Naxtra de sodio-ion de CATL ha retrasado su escalado al menos hasta el último trimestre de 2026. Pero lo relevante es que la industria ya no busca una única batería revolucionaria, sino que mejora de forma paralela el coste, la química, el suministro de materiales y la velocidad de recarga.

Combustibles caros, un empujón para el eléctrico

La segunda fuerza llega del lado de los combustibles fósiles. Las interrupciones en el suministro de petróleo por conflictos en países productores pueden llevar a los gobiernos a acelerar sus planes de electrificación, mientras que los precios altos de la gasolina y el diésel dan al consumidor una razón económica inmediata para plantearse el cambio. En España, por ejemplo, esos carburantes están perdiendo poco a poco la ayuda estatal que mantenía sus precios estables.

En los vehículos comerciales, ese cálculo es todavía más evidente. Un diésel caro eleva rápido los costes de explotación y puede reducir el tiempo necesario para amortizar el desembolso inicial de un eléctrico.

Wood Mackenzie considera que los eléctricos ya alcanzaron en China la paridad con la gasolina y el diésel en coste total de propiedad. En Europa, esa paridad llegaría alrededor de 2030, y en Estados Unidos, en 2033.

Occidente y la dependencia incómoda de China

El panorama lleva a una paradoja. Europa y Estados Unidos quieren construir cadenas de suministro propias y reducir su dependencia de China, pero es precisamente China quien avanza más rápido en varias de las tecnologías capaces de acelerar la electrificación.

La consultora plantea que, a corto plazo, Occidente podría necesitar licenciar más tecnología china mientras desarrolla su propia industria de baterías y vehículos eléctricos. Recrear fuera de China todo el ecosistema de procesamiento, refinado, fabricación de baterías y producción de vehículos puede llevar décadas.

El resultado dependerá de cuánto duren las tensiones petroleras y de hasta qué punto estas innovaciones logren llegar a coches asequibles. Pero si coinciden combustibles caros, eléctricos más baratos y recargas cada vez más cercanas en tiempo a una parada convencional, una nueva oleada de adopción podría llegar no porque alguien obligue al conductor a cambiar, sino porque los números empiecen a hacerlo por él.